Las noticias que recibe el Imperio sobre la campaña en Lastrati no son precisamente buenas. Se han interceptado unas transcripciones del ejército necrón. Gracias a ellas sabemos el destino del planeta.  Los servicios de inteligencia imperial le han dado forma y es el texto resultante el que llega a vuestras manos. Podéis extraer vuestras propias conclusiones:

INICIO DE CAMPAÑA:

Lastrati lo llamaban las razas vivas. Una plaga de seres inferiores había ocupado el planeta con total impunidad y ahora mancillaban el antiguo reino con su indigna sangre. Había que poner remedio a esta situación. La última orden del rey así lo requería.

En lo más profundo de Ansur, como así llamaban a Lastrati sus primeros habitantes, una cripta remota abría sus puertas después de millones de años en la más profunda oscuridad. Corredores y salas que ningún ente vivo había transitado durante milenios volvían a escuchar el sonido de los pasos. Unos pasos acompañados por el chirriar de metales tan antiguos como el propio tiempo. Miles de piernas y miles de pies comenzaron a caminar y sus pisadas retumbaron por las cámaras vacías como presagio del retornar de los verdaderos dueños de la galaxia. Cuando las pesadas compuertas de piedra y metal dejaron libre el sendero a la muerte y la luz de los cielos bañó el rostro de las huestes de la cripta, estas se detuvieron.

A la cabeza de los imperecederos necrones, el señor de Ansur y criptecnólogo de la tumba, centró su atención en la arcana tecnología que portaba en las manos y enfocó el rayo de su báculo hacia el horizonte. El mensaje había partido.

Y a millones de kilómetros de allí, sobre la superficie del ahora renacido planeta de Solaris, el rey supremo Caín, el Heresiarca, el Portador del Sol y el Nuevo Génesis de la galaxia, recibió la petición. Se alzó ante su corte real como una montaña de acero y metal viviente, y ordenó convocar a las Legiones Inmortales.

El mundo tumba de Solaris acudiría a Lastrati.

SOLARIS vs. ÁNGELES SANGRIENTOS:

El comandante Azakiel disparó dos veces con su bolter y después saltó junto a las ruinas para protegerse junto al hermano Gabriel. Las órdenes estaban claras: debían rastrear el contacto enemigo y localizar sus zonas de aterrizaje y suministro, reduciendo al mínimo la exposición y las bajas. Pero algo no encajaba.

El enemigo no aterrizaba y tampoco recibía suministros. Las patrullas habían entrado y salido con la eficacia acostumbrada en los astartes, pero todos los servocraneos desplazados habían dado resultados negativos. El enemigo aparecía aquí y allá dejando tras de si un rastro de energía considerable, pero no lograban localizar las balizas de referencia ni los enclaves de almacenamiento. El enemigo no llegaba a Lastrati en naves y trasbordadores.

Aquello parecía una trampa. Parte de la 3ª compañía se había desplazado como refuerzo para decantar cualquier posible contacto a favor de las huestes angelicales, pero la situación había cambiado. Los hermanos de la Compañía de la Muerte estaban avanzando con su furia y temeridad características, pero recibían fuego desde múltiples posiciones aparentemente deshabitadas y sin suficiente información sobre el enemigo atrincherado.

Azakiel ordenó un contrataque de sus hermanos primaris. El enemigo sabría lo que es la furia del sagrado bolter. Disparo tres veces más entre las ruinas, contemplando como al menos dos de sus disparos alcanzaban y perforaban un objetivo. Tres hermanos interceptores surcaron los cielos entre llamaradas y vaciaron sus cargadores contra una segunda fila de enemigos que el propio Azakiel no podía ver. Después aterrizaron pesadamente y recargaron con la probada rapidez de un hermano que ha practicado el rito de recarga durante años. Después despegaron hacia los cielos y el comandante no volvió a verlos.

El silencio les envolvió repentinamente. A su derecha, dos hermanos de la Compañía de la Muerte se arrastraban hacia las posiciones enemigas, uno de ellos con el pecho abierto por un disparo de tal fuerza que había desplazado la hombrera y perforado la placa pectoral. Otro hermano cayó a su lado, y el propio Azakiel se vio obligado a atender sus heridas mediante los packs de emergencia de su servoarmadura.

El silencio se tornó en un pesado rumor. Un repiqueteo acompañado por un sonido extraño, pesado y continuo, como una nota baja que no termina de apagarse. El sonido de un motor como nunca antes los había oído. Azakiel alzó la vista de su compañero herido y contempló ante él una construcción pesadillesca. Una enorme plataforma gravitatoria, alta y alargada como los huesos de un leviatán roído por los carroñeros, se colocaba frente a él. La dirigía una criatura xeno que más parecía un cadáver metálico que un alienígena de carne y hueso. La plataforma montaba un cañón de proporciones ciclópeas y ahora ese cañón le apuntaba directamente a él.

SOLARIS vs. IMPERIO T’AU

A diferencia de las fuerzas de los gue’la, los t’au no habían acudido a Lastrati con intenciones únicamente militares. Para ellos, la adhesión de un planeta a las esferas de expansión era todo un mérito a nivel social y científico. Lo que fuese que los orkos habían despertado en Lastrati sin duda merecía el estudio por parte de la casta de la tierra a fin de desarrollar nuevas infraestructuras para el imperio naciente.

Pero el Shas’o Ivara, al frente del contingente de localización y destrucción, iba un paso por delante. Quería dominar el terreno y asegurar espacios de control para los t’au que acelerasen el proceso de conquista y colonización. Para ello, él mismo dirigiría la recuperación de los enclaves y la restauración de toda la tecnología que pudiesen encontrar.

Fue grande su sorpresa cuando, en el curso de una exploración rutinaria, los sensores de alerta de los drones no dejaron de resonar. Pidió informes, desplegó a las unidades de combate y mandó avanzar una armadura de clase XV95 ghostkeel para rastrear el terreno. El mimetismo actuó a la perfección y, desde una posición privilegiada, el piloto indicó presencia hostil frente a ellos.

Ivara tardó un momento en tomar una decisión. Los indicadores no señalaban presencia orgánica ni vida en ningunas de las áreas de exploración y, sin embargo, todo indicaba que, frente a ellos, a un centenar de metros, algo se movía. Ordenó realizar un disparo de aviso: la telemetría trazó un eje perfecto a través de las lomas y un proyectil de pulso electromagnético despedazó la cornisa de un edificio. Los escombros cayeron y se levantó una nube de polvo, una nube que envolvió parte del campo de batalla y ocultó el sonido y la visión de unos pasos metálicos que se estaban acercando.

El primer aviso de fuego lo lanzó la ghostkeel cuando los visores se despejaron. Una hueste de guerreros metálicos y acorazados avanzaba a través del humo sin que los indicadores orgánicos hubiesen alertado el movimiento. Ivara ordenó abrir fuego y una salva de disparos electromagnéticos recorrió la línea tau y fue a estrellarse contra el enemigo.

Se desató el caos. A la primera salva de disparos, el enemigo contestó con una fuerza arrolladora. Un torrente de fuego azul y una descarga de relámpagos que ensordecía a cuantos la escuchaban hundió el frente de los t’au mientras la retaguardia se veía acosada por nuevas amenazas. Era una trampa. Una marea de esqueletos mecánicos, dotados de garras y cubiertos de sangre, se abalanzaron sobre el piloto de la ghostkeel, que hubo de retirarse con el pecho apuñalado por los engendros. Una y otra vez descargó Ivara sus misiles sobre cada nuevo objetivo, arrollando con el peso de su armadura a unos extraños francotiradores que había aparecido tras de sí. Eliminada la amenaza, Ivara contempló como el piloto del tanque de apoyo cabezamartillo empujaba el pesado vehículo hacia la hueste mientras rogaba al comandante que se retirase a una posición más segura.

El Shas’o Ivara conectó los retrocohetes de la armadura y se dispuso a tomar una posición mejor desde la que reiniciar el contrataque. Contempló como los esqueletos avanzaban implacables mientras un enjambre de escarabajos mecánicos se separaba de la hueste enemiga y se adentraba cada vez más en sus filas. Echó un último vistazo al campo de batalla y despegó sabiendo que aquellos esqueletos dotados de garras, a los que había visto saciar sus inexistentes tripas con la carne de sus pilotos, le seguían con la mirada.

SOLARIS vs ASTARTES HERÉTICOS

De entre todos los seres que habitaban el universo, pocos gozaban de la muerte y el asesinato como aquellos que nacían y habitaban en la disformidad. No es una fuerza natural para el espacio real en el que habitan los seres vivos: se transforma, fluye y cobra nuevas formas con cada manifestación.

Lo que los orkos no sabían cuando su invasión de Lastrati dio comienzo, es que encontrarían en el planeta un complejo sistema de fuerzas totalmente ajenas a su comprensión y más vinculadas con la disformidad de lo que suponían. No localizaron templos, avenidas y grandes monumentos. Encontraron los obeliscos derrumbados de una civilización que se remontaba al principio de los tiempos: a la Guerra en el Cielo.

Esta guerra había llevado a las antiguas razas al borde del apocalipsis. Una de ellas, desconocida para estos pieles verdes, gozaba de una fórmula única para manejar el espacio-tiempo y alterar así las fibras de nuestro universo, haciéndolo resistente a las agresiones de la disformidad. Por eso no calcularon que la destrucción de algunos obeliscos y de los pilares centrales de Lastrati, debilitaban la frontera con el espacio disforme. Un torrente de energía disforme se precipitó desde los cielos cuando las grietas al inmaterium se ensancharon y el gran ojo hacia la locura del empíreo amenazó con tragarse el planeta completo.

Las hordas y las legiones del caos, naturales habitantes de este espacio entre los mundos, aprovecharon entonces la oportunidad para sembrar la desolación y reclamar cuantas vidas pudiesen en el nombre de sus iracundos dioses. Demonios surgidos de las peores pesadillas, heréticos marines espaciales con milenios de carnicerías a sus espaldas, y monstruosidades acorazadas a medio camino entre hombres y pura energía disforme, avanzaron y arrasaron cuanto se puso a su alcance. Las masacres se prolongaron durante días y el caos se regocijó en los gritos de dolor y de sufrimiento de cuantos caían ante sus huestes.

Hasta que una silente presencia se interpuso entre la grieta y la desolación. Morium el hechicero, siervo de Tzeench, líder de los amos de la noche y de la muerte desde las sombras, contempló como una nueva hueste se presentaba ante ellos en busca de un final doloroso. Era un ejército completo, de filas ordenadas y apretadas, con estandartes de raídas telas y tradiciones, que ondeaban sobre guerreros totalmente impávidos. Ni el lento aire que soplaba lograba romper el silencio sepulcral que acompañaba a este nuevo desafío. No respiraban, no gritaban y desde luego no temían. Solo observaban, guardando una formación perfecta, casi mecánica.

Morium el hechicero ordenó un asalto total y con el ardor de mil combates se precipitó contra este nuevo enemigo metálico. Pese a no compartir todas sus ideas, disfrutó al ver a su camarada Heptius embestir contra la formación como una enorme avalancha de metal y músculo que buscase derribar todos los árboles de un bosque. Y vaya si lo hizo. Le vio aplastar a media docena de guerreros mientras sus camaradas de los amos de la noche acometían con brutal y perfecta precisión. Hasta los más hediondos dones de la disformidad, los siervos de Nurgle, avanzaban para derramar su vomitivo poder sobre sus enemigos.

Pero Morium empezó a reír. Tal vez fuesen los dones de Tzeench, siempre cambiantes, o la gloria de un destino mayor al que Lastrati podía ofrecer, pero la risa que invadía a Morium no era habitual. Río al contemplar como los amos de la noche eran acometidos con una lluvia de fuego que los abrasó hasta el interior. Rió cuando Heptius masacró a un enemigo tras otro y estos, sin inmutarse, se recompusieron desde el suelo, recogieron sus armas una vez más, y volvieron a abalanzarse sobre la espalda de Heptius hasta hundirlo en mar de cuerpos metálicos. Finalmente, río cuando una decena de esqueléticas formas le apuntaron con armas de extraños resplandores y descargaron una tormenta sobre su propia armadura.

No, Morium no pereció allí. Pero sus hermanos retrocedieron hasta las mismas puertas del infierno. Incluso los más aguerridos arrasadores, que habían soportado el fuego enemigo como pocos, hubieron de regresar y recomponerse más allá de las grietas que separan un mundo del otro. Las brechas se fueron estrechando cada vez más y se cerraron finalmente cuando la hueste metálica alcanzó los arcaicos obeliscos y los monolíticos templos que habían dado forma al planeta. La geometría del cosmos se restauró y cualquier grieta a la disformidad quedó sellada cuando los criptecnólogos necrones y los monstruosos guardianes canópticos reactivaron las más antiguas y poderosas fuerzas de la naturaleza material.

SOLARIS vs. LOBOS ESPACIALES

Al cerrarse el ojo a la disformidad, miles de criaturas murieron. Casi todos los seres de almas sencillas perecieron en vida cuando los canales y las fuerzas de los necrones cerraron el portal hacia el caos. Menos vidas a las que enfrentarse, más adeptos inertes a disposición de la muerte.

Pero los seres de almas fuertes y recias, de grandes propósitos y mayor voluntad, no sucumbirían ante un acto como este. Más aún, aprovecharían la momentánea quietud de las tormentas disformes para atacar y para desterrar del todo a cualquier posible enemigo.

Así pensaba Björn, Garra Implacable, uno de los más antiguos y venerables de los Lobos Espaciales, el capítulo de Leman Russ, y la venganza del Imperio en el sector de Lastrati. Los informes emitidos por el capítulo hermano de los Ángeles Sangrientos había revelado la existencia de una implacable hueste alienígena que debía recibir el castigo del Emperador. Y sería el propio Björn quien encabezaría este asalto final sobre los xenos para asegurar el dominio final del Hombre sobre el planeta. Las huestes del caos habían dado un respiro a los cansados defensores imperiales y la compañía Aullido de Fuego sabía que era el momento del asalto final: un todo contra todo por el dominio de Lastrati.

El aullido de sus hermanos de batalla enardeció al antiguo dreadnought cuando repitió los ritos de combate y comprobó el estado de sus armas. No sabía cual de sus extremidades giraba más rápido en su deseo de probar la sangre enemiga: si las poderosas garras de su brazo izquierdo o las secciones tubulares de su cañón de asalto en el derecho. El plan era simple: un asalto total. La manada de Garras sangrientas embarcaría en los transportes Thunderwolf mientras él mismo, junto a otros hermanos venerables, dirigía el asalto por tierra acompañado de los sirvientes del Adeptus Mechanicus y la armería del capítulo. Con un feroz rugido, apagado por el tronar de los motores de la Thunderwolf, toda la manda se arrojó hacia delante.

No fue un asalto carente de dificultades. El hermano Ranulf comunicó desde la aeronave que la hueste hacia la que se dirigían era de enormes dimensiones. De hecho, un primer intento de aterrizaje para permitir el despliegue de la manada, había resultado fallido dado el ingente número de xenos que esperaban en tierra. El primer objetivo del asalto debía posponerse, y la aeronave tuvo que retomar altura con precipitación y algunos daños para buscar una segunda zona de aterrizaje.
Esto fue un contratiempo, pero no definitivo. La aeronave aterrizó a un centenar de metros de allí y reorganizó un asalto desde el flanco. En ese momento, cargado de ira, Björn alcanzaba la formación enemiga como un huracán y empezó a despedazar cuerpos enemigos. Cómo disfrutó de la batalla: con cada nueva embestida, Björn y sus hermanos dreadnoughts y del Mechanicus acababan con un nuevo enemigo del Imperio. Tal era la masacre que la batalla sería recordada en los salones del capítulo durante décadas.

Ranulf informaba desde el flanco. Su embestida también había sido un éxito y se habían abierto paso hasta el corazón de la hueste xeno, donde habían encontrado a un enorme líder de los alienígenas. Tanto él como sus garras sangrientas lo habían atacado con sus espadas sierra y ahora este yacía en el suelo, desarticulado. El ataque de la criatura xeno había sido devastador, pero la pericia de Ranulf y el vigor de su escudo le habían permitido imponerse a su rival. Fue entonces cuando la comunicación se cortó.

Björn contempló desde su sarcófago acorazado como el líder alienígena al que los Garras sangrientas habían destruido comenzaba a levantarse con insolente desprecio a las leyes naturales. La monstruosidad metálica se autorreparó y se puso en pie junto a muchos otros guerreros necrones al tiempo que ordenaba abrir fuego a su escolta alienígena, matando a todos los jóvenes miembros de la primera manada. Solo Ranulf logró sobrevivir, empleando su escudo como pocos entre los Lobos sabían hacerlo. El asalto había perdido su inercia y ahora los escasos supervivientes de los Garras sangrientas estaban desprovistos del apoyo de la Thunderwolf. Esta había tenido que retirarse ante el fuego enemigo y para responder a una petición de ayuda de la retaguardia, donde los xenos habían contraatacado y estaban ocupando las posiciones avanzadas.

Ranulf, totalmente rodeado de enemigos, juró que su final sería recordado en las sagas del capítulo. Su nombre sería el de la Furia, el de la Venganza y sus hermanos celebrarían su victoria y su muerte al servicio del primarca. Empuñó sus armas con determinación y pronunció un desafío contra el líder xeno, que se parapetaba con desprecio tras su escolta de guerreros. Ignorado su desafío, que solo fue contestado con silencio, Ranulf se lanzó hacia delante y encontró su destino entre los relámpagos de las armas enemigas, que le recordaron por un momento a las tormentosas montañas de Fenris.

Björn aulló por su camarada caído y pronunció diez juramentos de venganza contra el líder de estos xenos, que se escondía impune entre sus soldados. Desplazó toda la masa de la que su dreadnought era capaz y despedazó a una veintena más mientras veía como la Thunderwolf se alejaba y todos los informes de retaguardia anunciaban la pérdida total de las posiciones. Miró al líder xeno y observó como este permanecía totalmente quieto, impávido ante los hechos acaecidos aquel día. Su mirada de esos ojos muertos le hacía hervir la sangre, y con gusto los habría cercenado si no fuera por la cohorte tras cohorte de guerreros xenos que se abalanzaban sobre él.

FIN DE CAMPAÑA NECRÓ

El rey de Solaris acompañaba al criptecnólogo de Ansur cuando el último de los pilares fue restituido en su posición original, recomponiendo el último dibujo que formaban los templos del planeta. Ni el rey Caín ni el criptecnólogo podían disfrutar de la suave vibración que recorrió el aire cuando las energías cósmicas, imperceptibles para la mayoría de los seres, se enfocaron de nuevo a los cielos y apagaron cualquier posible vestigio de presencia disforme. Las jóvenes razas habían deteriorado el tejido de contención de los necrontyr con su ingenua ignorancia, pero ahora que los verdaderos señores de este mundo regresaban, no habría más perturbaciones.

El planeta todavía no estaba limpio de las razas inferiores. Muchos habitantes vecinos, que habían acudido al planeta tras la llamada de la guerra, seguían combatiendo ferozmente por varios sectores dispersos. Pero ninguna fuerza contaba ya con las dimensiones necesarias para amenazar a la hueste de Solaris. Este mundo congelado y renacido reforzaba así su alianza con Ansur y vigorizaba una antigua tradición de hermandad que ninguno de los dos necrones podía ya comprender. En sus mentes había desaparecido cualquier sentimiento de amistad pasada. Solo unos escasos protocolos animaban a la conjunción de sus fuerzas.

El heresiarca Caín se giró y contempló a los prisioneros que se habían tomado durante la campaña. Algunos humanos de esos que llamaban Ángeles Sangrientos, Lobos Espaciales, una raza físicamente mermada que se hacía llamar T’au e incluso algunas fuerzas dementes que antaño habían sido humanas y que no sobrevivieron al cierre de los portales de disformidad. Caín alzó su mano metálica y ordenó liberar a todos los prisioneros, que fueron abandonados en varios lugares estratégicos para morir o ser rescatados si gozaban de tal suerte. No todos los prisioneros volvieron en el mismo estado de cordura y la mayoría recordaría poco o nada de su estancia entre las Legiones Inmortales de Solaris.

Para el Imperio, forzado ahora a retirarse más allá del sistema, sus guerreros seguirían siendo xenos desconocidos o formas de vida hostiles que, sin embargo, poco o nada tenían de vivo. Ellos eran los necrones y sus enemigos recordarían este nombre tras la campaña de Lastrati, el antiguo Ansur en lengua necrontyr, cuando sus próximos planes de conquista diesen comienzo. No eran esqueletos, no eran guerreros de metálicas pisadas: son los dueños del universo, los señores imperecederos de un millar de mundos-tumba a lo largo y ancho de la galaxia. Ningún mortal se impondría a quienes derrotaron a los c’tan. Ningún mortal olvidaría a Caín, el Heresiarca, Rey de Solaris, Asesino de dioses, el Anatema, el Portador del Sol y el Nuevo génesis de la galaxia.

 

 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies

Pin It on Pinterest

Share This