Estación de exploración espacial PO-34.X, bajo el mando del Hexaedro, sector ZZ9 Plural Z Alfa…

– …y entonces va el Maquinista y dice, ¿ves cómo sí que íbamos a necesitar las herramientas?

– Jajajajaaja, joooder Johannes, estás enfermo – dijo el operador de consola mientras se limpiaba el agua que había derramado -. Como te oiga el jefe vas a pasarte un mes limpiando el contenedor de deshechos…

– ¿Y me lo dices tú, Edmund? No soy yo el que tiene que mirar hacia los lados cuando se pone a contar historias de cuando estuvo infiltrado en Bakunin. ¿Cómo era esa del Pupnik que…

– ¡BIIIRRRIIIIP! Emisión de baliza de exploración detectada. Descodificando datos…

El sonido de la alerta era algo que los operadores no escuchaban a menudo, y siempre se sobresaltaban cuando ocurría, en comparación con las interminables horas de revisar datos sin ningún contenido útil. Siguiendo el protocolo estándar, Johannas conectó su tarjeta codificada al terminal de análisis, puso la mano en el escaner digital y se colocó el visor que, tras verificar su retina con el perfil almacenado, comenzó a mostrarle el resumen de los datos.

– ¿Y bien? ¿algo interesante esta vez? – Edmund recogió las cartas de la última partida y empezó a barajarlas de nuevo -… ¿Johannes?

– Mierda… datos nivel gamma. Toca ir a hablar con el Comandante. Y si no recuerdo mal, es tu turno – le hizo un guiño mientras pasaba los datos a un soporte físico sellado y borraba el registro del terminal -.

– Bueno, yo no tengo ningún problema con él. Dame los datos, y ve repartiendo las cartas, que ahora vuelvo. Y no las mires, o lo sabré – dijo mientras le devolvía el guiño y salía por la puerta -.

Cinco minutos después, la puerta del despacho del Comandante Carvalho se abrió casi sin hacer ruido, dejando espacio a una sala pulcramente ordenada, sin apenas adornos. Detrás de su mesa, un hombre joven trabajaba en su terminal, tecleando rítmicamente.

– Boa tarde, Sargento Heckler – apenas levantó la mirada mientras saludaba al operador, sin dejar de teclear en ningún momento -, ¿alguna novedad?

– Boa tarde, Comandante – dijo sin terminar de entrar -. Sí, hemos recibido estos datos, nivel gamma.

El hombre dejó inmediatamente de escribir y, sin alterarse, guardó el documento en el que estaba trabajando y, tras pulsar un comando en el panel de control, se abrió una sección de la mesa de donde apareció un terminal de análisis, listo para recibir el soporte físico.

– No se quede en la puerta, Heckler, pase y entrégueme los datos – dijo, estirando una mano -.

Sin perder un momento, y con paso firme, el operador se acercó y le entregó los datos. El Comandante introdujo el soporte en el terminal y enseguida empezaron a fluir los datos por su pantalla, solamente a la vista de él mismo. Tras leerlos y volverlos a revisar, en lo que fueron diez minutos interminables para el Sargento, el Comandante desconectó el soporte, se acercó a uno de los paneles laterales de la habitación, abrió el armario y sacó una valija de seguridad donde colocó el soporte mientras la impresora de su escritorio comenza a imprimir una tarjeta codificada con las autorizaciones necesarias.

– Sargento, ¿ha sido usted el que ha hecho el análisis de los datos? – dijo, mirándole fijamente -.

– Erhm… no, Comandante, el Sargento Kepler fue quien los revisó en su terminal, aquí tiene el registro – dijo mientras le entregaba una ficha con los datos de todo el proceso realizado -.

– Entonces, ¿por qué los trae usted? – tras una pequeña pausa, continuó -. Bueno, no importa. Dígale al Sargento Kepler que vaya recogiendo sus cosas. Dentro de una hora sale para Paradiso.

Tras volver a su mesa, recogió el primer grupo de papeles que se habían impreso y los introdujo en la valija antes de cerrarla y comprobar que tanto los cierres físicos como las protecciones electrónicas funcionaba correctamente. A continuación escribió una serie de comandos en su ordenador y la impresora empezó a generar el temido formulario malva. Sin inmutarse, lo firmó con su huella digital y se lo entregó al Sargento, que se había quedado de piedra desde el momento que había oído el término “Paradiso”.

– Comandante… ¿ha dicho Paradiso? – un pequeño temblor de nerviosismo le recorrió de arriba a abajo – ¿realmente van a ir usted y el Sargento Kepler a Paradiso?

– No, Sargento. Yo voy a la base central de este sistema – dijo con calma mientras el ordenador guardaba todos su datos en otro soporte y comenzaba a recoger sus pertenencias del escritorio -, con la valija. Solamente el Sargento Kepler va a Paradiso.

– Pero…

– ¿Disculpe? ¿Hay alguna parte de lo que le he dicho que le resulte confuso? – se plantó en mitad de la sala, y con un tono completamente neutro, continuó -. Si cree que el Sargento Kepler no es capaz de ir solo puedo imprimir otro formulario más de traslado.

– No, señor – dijo el Sargento, más rígido que el escudo de un Jotum -. El Sargento Kepler sabrá arreglárselas por su cuenta.

– Ah, y dígale que coja sus herramientas, que las va a necesitar.

Seis meses después, en una improvisada taberna, en algún rincón de Paradiso…

– Venga ya, tío, ¿y por esa mierda estás aquí? – el USAriadno se levantó de la mesa y se acercó a la barra a por la siguiente ronda -.

– Como te lo esstoy digciendo – medio tumbado sobre la mesa, al Sargento Kepler le costaba cada vez más hablar con coherencia -, ese fickfehler me tenía manía dessde el pgrimer día.

– Por eso te digo que te tienes que venir con nosotros. Además, nosotros tenemos bourbon, y mejor cerveza.

– Esso no te lo cgress ni tú… vuestra cerveza es pisse, pero te rrreconogco lo del bourbon.

Dos horas después el Teniente McTiernan, de los Foxtrot Rangers, hacía su informe en el campamento base, mientras su superior le felicitaba por la información conseguida y por su brillante idea de abrir las tabernas clandestinas a los soldados de las facciones aliadas.

A la mañana siguiente, el Sargento Kepler aparecía muerto en un callejón. El informe oficial registraba un altísimo nivel de alcohol en sangre y una herida de cuchillo en el abdomen. Causa oficial de la muerte: pelea de bar.

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